Amanece en Mitilene, capital de la isla griega de Lesbos, en el mar Egeo, una mañana de octubre espléndida. El puerto está recogido por una bahía cuyo paseo muestra la ciudad, isla, griega y, por lo tanto, turística, lleno de restaurantes y de tiendas, lleno de terrazas y de pequeñas agencias de viajes. En las agencias, hay carteles, en la calle, en árabe, que anuncian el viaje hasta la frontera con la República de Macedonia desde el puerto de Kavala, de la Macedonia griega, solo tres horas, dicen los carteles esto en inglés.

Amanece una mañana de octubre espléndida en la patria de Safo, patria Mitilene por un tiempo de Aristóteles, amanece una mañana de verano, tan cerca de Turquía, y, por eso, amanece en Mitilene una nueva mañana en la que, sin salir de mi hotel, ubicado en el puerto, veo el drama de la guerra, el drama de la superviviencia, el drama de la súplica del refugio.

Me asomo al balcón de mi habitación, muy temprano, y veo grupos de jóvenes varones deambulando, chicas con la cabeza cubierta deambulando, familias con criaturas de todos los tamaños deambulando, criaturas en brazos, supervivientes al Egeo estas, criaturas de la mano, criaturas más mayores en cuya mirada, la veo de cerca luego, cuando decido bajar a la calle para tratar de acercarme, se empieza a asomar el extrañamiento, la incomprensión, el desconcierto.

Paseo por el puerto de Mitilene y me cruzo con estos grupos, con mochilas, con bolsas. Un niño de unos 4 años lleva un saco de dormir colgado de su espalda. Mantas y sacos de dormir y esteras. Personas que se asoman a Europa desde sus países en guerra, Afganistán, Irak, Siria, que empujan la puerta de Europa jugándose la vida, que se arremolinan alrededor de un taxi para tratar de subirse, que extienden sus enseres en las aceras cercanas al puerto, que se sientan en los bancos durante horas.

Están en grupos, menos un hombre, solo, sentado en un bordillo, con una bolsa de plástico y arropado en una manta.

En el hotel, entra y sale personal de Acnur y de Islamic Relief USA, se le identifica por su atuendo, camisetas, gorras, chalecos.

Amanece en Mitilene. Desde el balcón de mi habitación, una familia, padre, madre, dos hijas pequeñas, quizá 8 y 10 años. Una familia sentada en un banco, frente al mar espléndido de una mañana aún brumosa, y la madre peina el pelo de las hijas, primero de una, después de otra, antes de cubrirse la mayor con un pañuelo. Peina el pelo de sus hijas con esmero, frente al cielo espejo sobre el Egeo, como si lo peinara en su casa, a lo mejor de Alepo, frente al espejo de la habitación, lo peina con un cuidado extremo, en la tierra de Safo, que nos advierte que las Gracias rechazan a las que no llevan guirnaldas en el cabello.

Asturias24 – 11 de octubre de 2015.