Es atrevido ponerse en la misma línea que León Felipe, pero hoy quiero hablar también de cosas de poca importancia, qué lástima.

Hace tres años largos, casi cuatro, abrió el Café Paraíso y me divorcié. La cosa coincidió en el tiempo y el Café Paraíso, muy cerca de mi casa, se convirtió en el lugar de refugio del desconcierto y del abismo y Jesús Colino, no sé si lo sabe, pero ya es hora de decírselo, empezó a serme una presencia imprescindible, tan distintos él y yo, mucho más joven él, tan discreto y yo tan exacerbada tantas veces, para dar un salto en la silla cuando descubrí que pinchaba entero el Paris 1919, para gritar de entusiasmo cuando pinchaba entero el New Skin for the Old Ceremony, a pesar de que a él le aburre algo, tan distintos él y yo, para decirle en voz alta que este era el mejor lugar del mundo cuando sonaba la voz de Natalie Merchant, invitada espléndida en el Mermaid Avenue, para darme media vuelta en el sofá y agradecerle con los ojos que justo en ese momento y con esa compañía pusiera el Tomorrow the Green Grass…

Tan prudente y yo tan impulsiva, para rogarle, y nunca hizo falta llegar al ruego, que me dejara organizar en su casa presentaciones y celebraciones, a veces éramos unas pocas personas y otras veces hubo gente que tuvo que seguir lo que fuera desde la calle, y no hizo falta descubrir que era el mejor anfitrión porque es el mejor anfitrión.

Tan distintos él y yo, tan orteguiano él, pasando de hacer un café delicadísimo a seguir leyendo, en la esquina de la barra, al lado del vinilo de Harvest, que ocupaba el atril del honor que las catedrales merecen.

Tan excelente barman, tan discreto, pero sé que él lo sabe todo, aunque diga que no, tantas veces franqueé la puerta sola, buscando sola cobijo, para sentarme en la barra y decirle que necesitaba un trago, a veces intenté explicarle por qué, pero nunca me dejó hacerlo, hizo bien, él lo sabe todo. O para continuar sola en la barra, cuando algún acompañante decidía irse a casa. O para continuar sola en la barra, cuando alguna cita decidía no aparecer. Y allí estaba Jesús, que nunca rehusó mi compañía, a pesar de ser tan distintos, él y yo.

Hubo espejismos de amor en el Café Paraíso, hubo polvo de estrellas en estos casi cuatro años de explosión de neutrinos, hubo un pianista que dibujó las teclas encima de las estrellas que se deshacían mientras me hablaba de Thelonious Monk.

Ahora el Café Paraíso cierra y no podré girarme cuando llego a casa o mirar sin volverme, mirar hacia el Café Paraíso, ver la persiana levantada, ver a Jesús fuera fumando y saludarle con la mano y entrar o salir de casa más segura, más acompañada, más protegida.

Quizá ya va siendo hora de caminar sin bastón, a pesar de la amputación que es que el Café Paraíso desaparezca, a pesar de no poder volver la cabeza al sacar la basura para saludar a Jesús, a pesar de ser todo esto cosas de poca importancia.