No sé si al infierno hay un solo camino o son varios los que confluyen ahí, no sé si la autopista al infierno de AC/DC es una o muchas, no sé si el infierno es el otro y el otro somos todos, pero el infierno está aquí, cerquita, detrás de la pared de nuestra casa. O delante. Y cuando descubrimos su hedor, que se cuela por la rendija de la puerta o se nos mete en las narices mientras leemos el periódico, a la vez que el olor del café y del cruasán, cuando se mezclan el olor del horror infernal y del confort, la bofetada nos provoca perplejidad y temblor intensísimo.

Pobre infancia maltratada, pobre inocencia en forma de cuerpos de apenas unos kilos de peso, pobres criaturas que no entienden nada, que solo quieren que las queramos, solo quieren sentirse protegidas y seguras en nuestros brazos, no pasar frío, no pasar hambre, tener un remedio si enferman y que las acariciemos, tener un pecho en el que apoyar la cabeza y, así, dormirse sintiéndose a salvo.

Qué esfuerzo hay que hacer para ponerse en el lugar de quien se convierte en Herodes despiadado, por acción o por omisión. Sin embargo, no es mal ejercicio tratar de hacerlo, cuando la mezcla de maleza, charcos, excrementos, condones y jeringuillas y el hedor que provoca estallan mientras nos tomamos el café y el cruasán en un lugar cómodo y caliente. Ni en estos casos deberíamos simplificar, aunque nos parezcan, y lo sean, aberrantes. Siempre después de salvar a las criaturas, aunque qué tarde llegamos a veces.

Da pavor imaginar la escena que la semana pasada descubrió la policía, alertada por el vecindario, en un piso de Oviedo, en uno de sus barrios populosos, digna del horror más insoportable, una nena de veinte días desnuda y aterida, un niño de año y medio dándose cabezazos contra la pared, una niña de tres años con la mirada ausente…

Nos habíamos horrorizado ya hace un par de meses con el niño que apareció dentro de una maleta, muerto a golpes, al lado de unas vías del tren también en Oviedo, en esas zonas híbridas en donde se juntan ciudad y campo y que también exhalan ese olor que acaba provocando asco.

Pobres criaturas, tan necesitadas de protección, tan necesitadas de abrigo, de comida, de remedios y de un pecho en el que recostarse.

Desgraciadas vidas adultas, amasijo de maleza, charcos, excrementos, condones y jeringuillas.

Explicaciones, necesitamos explicaciones, aunque sea para saber que aquí, también, se encuentra la banalidad del mal. Para transitar el camino al infierno.

Asturias24 – 25 de diciembre de 2014.