En verano, no me pongo la camisa comprada en Camden Town porque prefiero la manga corta. En realidad, quizá ya no debería ponerla más porque empieza a estar viejita y descolorida, veremos a ver en septiembre, cuando el buen tiempo de aquí de ese mes empieza a mirar al otoño y septiembre es mes de conciertos aquí y hay que empezar a poner manga larga por la noche.

Pero en verano los insectos seguimos saliendo, también en invierno, el frío y la humedad no nos hacen hibernar, pero en verano salimos los insectos, las moscas que nos quedamos en la ciudad, atrapadas en las telas que tejen las arañas. Atrapadas, cada vez más enredadas por los hilos, tratando de escapar y cada vez más enredadas.

La camisa se quedó en el armario, pero no sé muy bien cómo acabamos allí, y no ocurrió exactamente como cuenta Claire Beaus, porque yo tengo mi propio coche, no necesito a nadie para que me deje las llaves, tampoco había botellas ni nos echamos sobre la carrocería y no esperamos a ver la salida del Sol. Sí fuimos al cerro, a ver desde allí la ciudad de noche. Y buscamos cigarras, pero solo las escuchamos.

Son esas fiestas inesperadas, sin molestar a nadie, fiestas sin apariencia de serlo, pequeñas fiestas, sin sofisticación, la oscuridad, la ciudad abajo, el brillo de las estrellas.

Sin nada que celebrar, no es el descubrimiento de la penicilina ni es el enunciado de las leyes de Newton ni la primera vez que unos ojos occidentales contemplan Abu Simbel, pero es nuestra propia fiesta. Hablar, guarecernos en la oscuridad, siempre que haya brillo de estrellas, siembre que haya brillo de estrellas antes de que los neutrinos hagan que exploten y, deshechas, nos escupan en la cara.