Antes de la camisa, hace muchos años, ya, ocurrió uno de esos acontecimientos en la vida que no son el descubrimiento de la penicilina ni el enunciado de las leyes de Newton ni la primera vez que unos ojos occidentales contemplan Abu Simbel, pero cuyo suceso supone un hito en nuestras torpes biografías de insectos, en mi caso fue el descubrimiento de una canción, “Vasos vacíos”, de Los Fabulosos Cadillacs, de Vicentico. Es el acontecimiento de descubrir una canción de las que no nos dejan más salida que la de la obediencia y que ya nos condenan a no dejar de escucharlas nunca.

Con la radio puesta en segundo plano, de pronto, “Vasos vacíos”, de una banda para mí desconocida y con la voz de Celia Cruz. La canción es de las autoritarias, de las que oyes haciendo otra cosa, te cogen por los hombros, te zarandean y te dicen: “Idiota, deja el resto y escúchame, que, desde ahora, vas a hacer lo que yo diga”.

De aquella no había internet y yo no me quedé con ninguna referencia y quise volver a escucharla e investigué sin encontrarla y la olvidé, volvía de vez en cuando, pero la olvidé, hasta que, tiempo después (también ocurre con algunas personas, que de aquella no hay ninguna referencia y las olvidas, salvo de vez en cuando, pero las olvidas, hasta que, tiempo después), en la calle Paraíso, en Oviedo, donde vivía por entonces, la escuché otra vez, en un pub que abría hasta muy tarde, en una de esas mañanas que aún son noches, en mi camino al trabajo, de repente, “Vasos vacíos”. Y ahí la canción se convirtió en murciélago, el ratón ciego, para atraparme como mosca, definitivamente, la voz de Celia Cruz, en la calle Paraíso, en Oviedo, temprano y tarde a la vez.

(En esa casa de la calle Paraíso vivió otro argentino, el escritor Daniel Moyano, al que íbamos a ver desde la facultad, en una casa vieja, al que íbamos a ver para tratar de no perder las letras, si es que alguna vez las habíamos tenido, para tratar de atrapar las letras).

En ese instante, decidí que la canción no se me podía escapar otra vez. Y no se me escapó.

La canción con Celia Cruz me engulló, pero cuando la cantan Vicentico y Calamaro en directo es favoritísima. La canción habla de encuentros y desencuentros en la noche, de perder y poner las letras, de lo que importa en verdad, de la angustia de verte salir, de cuando nos despertamos y nos acordamos de lo que nos dijeron en la noche del desencuentro y de la angustia, de la promesa de querer y entender, ahí es nada. Pero, sobre todo, del agua de la ciudad, del agua de la ciudad compartida, agua de río, mezclada con mar, los ríos, el mar… El agua.

Los vasos vacíos.

¿Que qué tiene que ver con la camisa comprada en Camden Town? Que, entre vasos vacíos, idas y venidas en la noche, palabras que van y vienen al despertar, encima de la camisa se derramó el agua de la ciudad.