Pasó que compré la camisa y pasaron, por la camisa, unas cuantas cosas más, entre ellas, un proceso de polinización en mi casa, como insectos que somos, en que esta vez las abejas transportaron el polen hasta mi casa, que resultó ser un lugar fértil para la siembra y se encarnó el espíritu de Jimmy Hendrix, pero, unos días después, salió la Luna casi llena y, como llovía, las aceras de la ciudad se llenaron de caracoles, en esa noche de la Luna, que no permitió que me escondiera, las aceras de la ciudad se llenaron de caracoles y estas son anécdotas sin importancia, sin interés, no es el descubrimiento de la penicilina ni es el enunciado de las leyes de Newton ni la primera vez que unos ojos occidentales contemplan Abu Simbel, pero son sucesos que hacen mejor la propia vida, que, al ser sin importancia, a nadie le importan, y en la ciudad aún sin terminar dos insectos gigantes miraron a los caracoles y trataron de no aplastarlos. Más tarde, al poco, en esos acontecimientos sin importancia, se cruzó una rata, también bajo la Luna, una rata con el lomo arqueado, y, por primera vez, no sentí asco, sentí que la rata también era la ciudad: “Mira, una rata, qué grande”.