A estas alturas, ya sabemos que el verano español está siendo brutal en cuanto a terrorismo machista se refiere. Nos abofetean las noticias con asesinatos de mujeres con tanta frecuencia que quizá cuando se publique esta columna, veinticuatro horas después de ser escrita, otra mujer haya sido asesinada por aquel que la considera de su propiedad o haya sido golpeada de manera atroz en forma de asesinato de sus hijos. Por ejemplo.Asesinatos de mujeres de toda edad y condición. Con armas diversas, con las manos. Mediando denuncias y sin mediar. Con amparo judicial y en desamparo. En desamparo, siempre, en el asesinato y en el larguísimo camino que conduce a él, de vejaciones, palizas, secuestros, humillaciones sexuales…

Conozco mujeres que ahora podrían estar muertas. Que no lo están porque se salvaron por los pelos. Me lo contaron. Escuché narraciones de bofetadas, de latigazos, de quemaduras, de heridas de destornillador. Las escuché compartiendo una caña o una botella de sidra. Las narradoras no lloraron. Me lo contaron esas supervivientes.

Supervivientes porque la herida se quedó a un milímetro de una zona fatal. Porque el maltratador se metió medio gramo menos de la cuenta. Porque un vecino atento y valiente acudió al rescate.

Escuché las razones de por qué, en algún caso, no habían denunciado. Entendí las razones. De verdad, entendí las razones. Desde mi posición, no pude insistir en la denuncia. Probablemente, en su caso, yo hubiese hecho lo mismo. Seguro.

Son supervivientes. Sus hijos, sus hijas también lo son.

Pero me niego a creer que esto es una guerra entre hombres y mujeres. Me rebelo ante la afirmación de que la única alternativa que nos queda a las mujeres es defendernos, armarnos. Me resisto a culpar a todos los hombres, tantas veces compañeros, amantes, amigos, hermanos, profesores y discípulos.

Nacho Vegas dice, cuando canta “Me he perdido”, del álbum Verano fatal, como este para tantas mujeres y para la consecución de la igualdad, una magnífica canción sobre patosas y tiernas primeras veces después de los escombros, que lo natural es odiarse.

Escucho a Vegas y a Rosenvinge en bucle mientras escribo esto. Convirtamos en natural la lucha, de la mano, mujeres y hombres, contra el intolerable terrorismo machista, convirtamos en natural la escucha atentísima de las víctimas, convirtamos en natural su ayuda, cada cual en la parcela en que habitemos. Aislemos al maltratador y denunciemos, cada cual en la parcela en que habitemos, el maltrato.

Dejemos la guerra de sexos para las películas de Tracy y Hepburn.

Asturias24 – 19 de agosto de 2015.