Hace ocho años, en el curso 2013-2014, puse en marcha, con la ayuda de un puñadín de personas, una iniciativa que acabó por recibir el nombre de los Desayunos Solidarios, por la cual dábamos desayunos y tentempiés para llevar a colegios e institutos a niños y niñas y adolescentes cuyas familias tenían dificultades, con distintos grados de gravedad, materiales, sociales y personales, y esos desayunos les suponían un alivio.

Más allá de lo estrictamente material, que es lo básico para comenzar el día, el día entendido en su plano literal y también en su plano simbólico, los desayunos se convirtieron en una experiencia vecinal de convivencia de personas muy diferentes. No digo que no hubiera conflictos, pero nunca llegaron a mayores, se quedaron en conatos, porque el sustrato ideológico de los desayunos estaba fuertemente asentado y yo lo hice valer cada vez que se avecinaba un estallido: no tenemos por qué entendernos, no tenemos por qué compartir lo que piensa la persona con la que me siento a la mesa, pero aquí no hay lugar para el rechazo a «el otro» por ser diferente, y quien no esté a gusto ya sabe dónde tiene la puerta. Así. Tajante.

(Publicado en Nortes. Puedes leer aquí el texto completo).