En la Odisea, Atenea es la de ojos glaucos. La poderosa Atenea, la fascinante Atenea es la de ojos glaucos.
El apóstol Tomás tiene por ojos zafiros. Tomás, que es incrédulo, incrédulo por tratar de usar la razón empírica, y que solo creyó cuando vio, Tomás, que fue valiente, que fue el único que vio entre aquellos doce hombres que decidieron acompañar al caudillo, tiene el privilegio de tener por ojos el mineral azul cuando el zafiro es azul.
Los once apóstoles crédulos tienen los ojos negros, negro azabache, pues sus ojos son azabache, ese mineral tan nuestro, ese mineral que está en Villaviciosa desde hace tanto tiempo.
Los zafiros como ojos del apóstol Tomás acaban de aparecérsenos, para verlos para creer, necesitamos verlos para creer, verlos en una pequeña estancia que encierra tanto, verlos para no dejar de creer en la historia, verlos para no dejar de creer en la ciencia, verlos para saber que necesitamos ver para creer; verlos para creer en nuestro pasado, tan espléndido y tan mezquino como todos los pasados, que nos hace iguales en el esplendor y en la mezquindad; verlos para creer en los escombros causados por la dinamita, tan nuestra, también; verlos para creer en la arqueología, en la restauración, en la geología, en la historia, en el arte; verlos para creer en el buen uso de los fondos públicos, verlos para creer en la investigación y en la universidad, verlos para creer en el magisterio; verlos para creer en el relato, en la narración que nos construye, el relato que nos narra y nos moldea, porque todo es lenguaje que nos explica; verlos iluminados para creer, verlos refulgir para ver para creer el azabache, tanta mina que encierra Asturias, tanta mina, verlos para creer en los escombros reducidos por la fuerza de tanta mina que encierra Asturias, el azabache y el carbón, verlos para creer en el trabajo artesano y en el que extrae las entrañas de la tierra como el matarife extrae las vísceras, como las vísceras en que se conoce lo que la bellísima Atenea, la de los ojos glaucos, nos quiere decir; verlos para creer en la belleza, en el placer estético, en la emoción.

Verlos, iluminados, para ver las llagas, para creer en el dolor lacerante, ver para creer para acariciar la piel agujereada, para que los ojos del apóstol Tomás zafiro azul y los ojos de sus once compañeros azabache negro no sean nunca más escombro, ver para seguir haciéndonos en el relato que nos narra y en el que Atenea la de ojos glaucos y Tomás el incrédulo con ojos de zafiro nos construyen y se construyen y los construimos, con los intestinos que asoman por la piel herida, que debemos acariciar para seguir creyendo que merecemos la pena.

La Ventana de Asturias – Cadena SER – 28 de marzo de 2014.