(Para mi añoradísimo Ramón Quesada).

Ahora, que queda muy poco para otras elecciones, y como en cada convocatoria, me acuerdo de la calle San Francisco, en Bilbao, y de la zona de Las Cortes, que acaba en el barrio de Miribilla, allí encaramado. De la casa del pueblo de la calle San Francisco, con un poco de sueño, bastante de respeto y muchas ganas, salimos en más de una ocasión un grupo de militantes socialistas que, desde Asturias, fuimos a completar mesas electorales en las elecciones para elegir el Parlamento en Euskadi, que, a su vez, elige Lehendakari.

Salimos desde la casa del pueblo con la fachada llena de manchurrones de cositas que los valientes gudaris arrojaron a esas paredes. Salimos hacia, por ejemplo, Miribilla, barrio allí encaramado, con mucha edificación nueva, y salimos a ocupar nuestros sitios en las mesas electorales, en convocatorias respecto a las que, una vez celebradas, se decía que habían transcurrido sin incidentes, con normalidad, obviando la enorme anormalidad democrática de que un grupo de militantes socialistas, desde Asturias, con un poco de sueño, bastante de respeto y muchas ganas, estuviéramos allí, completando mesas electorales, porque el Partido Socialista de Euskadi no las completaba, sobra decir las razones, ¿verdad?

Ahora, que queda muy poco para otras elecciones, me acuerdo de la vapuleada calle San Francisco, de Las Cortes, el primer ejemplo de gentrificación que yo vi siendo consciente de lo que allí estaba pasando, casas habitadas por gente mayor cuyos propietarios dejaban derruir hasta convertir en infravivienda, dispuestos a dar el pelotazo en la España de antes de la explosión en la cara, hasta salpicarnos de mierda el cuerpo entero, y levantar vivienda nueva para gente guapa, no para las parejas ancianas que llevaban allí viviendo la vida entera, no para las familias trabajadoras, no para los negros venidos de donde sea, no para los travestis yonquis que se prostituyen antes de que se haga de noche. Y después, también.

Ahora, que queda muy poco para otras elecciones, me acuerdo de la mesa electoral en el colegio en Miribilla, de la desconfianza que nuestra presencia foránea en las mesas provocaba, de mi mudez, por un lado, por un cierto miedo a escuchar “española” como insulto, y lo escuché, da igual que abriera la boca lo justito que exige la educación, y, por otro lado, con la tonta esperanza de que no se notara que el PSE tenía que recurrir a quienes tenemos la tonta circunstancia de haber nacido más al occidente y nos bañamos en las mismas aguas cantábricas.

Ahora, que queda muy poco para otras elecciones, me acuerdo de la hospitalidad en la casa del pueblo de la calle San Francisco, del agasajo como se agasaja en las vitales tierras vascas, vinos, pinchos, alubias con guindilla, tortilla de patata con su pimientito en condiciones, el buen jamón, el agasajo material, pero que siempre se quedó corto frente al agasajo del agradecimiento, aquellas gentes recias quebrándose como quiebran las riadas las ramas de los árboles de la orilla, quebrándose en la despedida, quebrándose de agradecimiento, cuando el favor nos lo estaban haciendo a quienes de Asturias íbamos, con el ejemplo valiente de militancia en la adversidad, en la adversidad más turbia, con compañeros muertos y mutilados y con guardaespaldas y acojonados. Y yo llegaba cagadita de miedo a la casa del pueblo después de ver votar a Patxi López y a su esposa bajo los insultos y mucha violencia contenida, que el Lehendakari entonces votó donde yo estaba y ahí fuimos a hacerle una barrera inútil, y después de que unos jóvenes gudaris me rondaran la mesa, por lo de “española”, y eso.

Ahora, que queda muy poco para otras elecciones, que en Asturias y en sus ayuntamientos no se sabe aún lo que pasará, pero todo apunta a un panorama fragmentado y complicado de pactos para tratar de gobernarnos, y que en Euskadi no hay elecciones a su Parlamento, que es de las comunidades de la “vía rápida” (lenguaje puro de la Transición), pero sí elecciones municipales y a las Juntas Generales de los Territorios Históricos, pienso en si el Partido Socialista de Euskadi seguirá necesitando gente para las mesas (al coincidir convocatoria electoral, no sale expedición de Asturias), si la casa del pueblo de la calle San Francisco sigue llena de manchurrones, si habrá que volver a pasar mi miedo ridículo comparado con el miedo en la piel de vivir allí militando con orgullo, si ese miedo continúa, si habrá que asistir, mientras comemos un pincho de tortilla con su pimientito y nos bebemos un tinto, a la lección más grande que de militancia se puede recibir.

Porque miedo a quebrarnos como las ramas de los árboles arrasadas por la riada, miedo a eso, nunca.

Asturias24 – 20 de mayo de 2015.