Morir con las botas puestas. A veces, ocurre, por accidente laboral o por enfermedad sobrevenida mientras se trabaja. Ocurre, en todas las profesiones, aunque para el accidente laboral hay tareas que encierran más riesgos, por las características propias o por la responsabilidad criminal de algunos patronos.

También ocurre en una profesión hermosa, artesana, artística, creativa, apasionada, precaria, dura, vapuleada, drogada. Imprescindible. Un trabajo que se da y que se recibe, en que el mito abunda de la mano de realidades en ocasiones muy sórdidas. Un trabajo que recibimos como sanguijuelas parásitas, como vampiros dispuestos a morder la yugular de quien lo ejerce para poder seguir.

Hay un cuento de Cortázar maravilloso (¿hay alguno que no lo sea?) en que el público que asiste a un concierto de música clásica devora la orquesta, emocionado, arrebatado, entusiasmado. En un concierto de Gilbert Bécaud en el templo parisino Olympia, el público, entusiasmado, arrebatado, emocionado, llegó a arrancar la tela de las butacas.

Esa hermosísima e imprescindible profesión de la música, sacada adelante por sus obreros, a quienes las personas legas como la que esto escribe nos pegamos como vampiros, para poder seguir. En la vida que se ve y en la secreta, descrita de modo sublime por Leonard Cohen.

Los medios de almacenamiento y de reproducción de las canciones nos acompañan, y menos mal. Mientras escribo este texto, paso de John Lennon a Bécaud, y después a Yves Montand, las hojas muertas, esa de Prévert y de Kosma, esta canción que es la tuya, menos mal que existen los medios técnicos de almacenamiento y de reproducción de las canciones. Pero la música en directo…, ay, la música en directo, ahí es cuando el público lego, como yo, nos volvemos vampiros ansiosos de la sangre expulsada desde dentro de un cuello, al descubierto al ladear la cabeza, con la única intención de morder sin piedad, para volvernos más jóvenes, con más sabiduría, con el ansia de no tener el grado de cinismo tal que ya no nos quede espacio para la educación sentimental.

Los ensayos previos, largos, monótonos, interminables, profesionales. Tanto que practicar y que aprender, antes. El magisterio. Esa otra profesión imprescindible y sagrada. Que da la mano en los conservatorios a la de la música, que se vuelven una, y ahí, sí, ahí, en un conservatorio pequeño de una ciudad pequeña de esta vida tan pequeña, ahí, un músico, que enseña percusión, que imaginaba el dolor de un brazo por ser obrero de la canción, otra vez Leonard Cohen, los obreros de la canción del hotel Chelsea que corren tras el dinero y la carne, ahí, Chema Fombona, con las botas puestas, transmitiendo la savia de la música, se murió con las botas puestas.

Asturias24 – 23 de diciembre de 2015.