Hay gente que me trata distinto desde que estoy divorciada. Poca, sutilmente distinto, pero la hay y se lo noto. Pero no es por eso de ponerse de lado de la otra parte, no. A estas alturas, qué cosas, es por alterar el orden de la pequeña sociedad de las buenas costumbres y de los equilibrios y de la armonía mentirosa.

Hay personas que se creen en el País de las Personas Salvadas. Que piensan que nunca van a sufrir tullimiento, enajenación, adicción, obesidad, pobreza. Que se imaginan siempre en el lado de acá, en el País de las Personas Salvadas. Que desprecian el tullimiento, la enajenación, la adicción, la obesidad y la pobreza.

No me gustan. No me gustan nada. Y me dan pena. Qué sabrán, cuando les llegue.

Que rechazan un albergue para transeúntes al lado de su casa, que rechazan un centro de expedición de metadona al lado de su casa, que rechazan viviendas “sociales” al lado de la suya. Sin creer que alguna vez sus personas más queridas, ellas mismas, pueden necesitar un albergue, metadona o una vivienda “social”. Aunque solo sea por eso.

Me cruzo con yonquis en el tránsito que hacen desde donde se aprovisionan de heroína hasta donde comen por muy poco dinero. Tengo abiertas las ventanas de casa, porque es agosto, y escucho sus conversaciones. Uno cuenta que se ortigó, a voces. Quiero ir a ver el lugar de las ortigas, porque lo tengo muy cerca. Estando tan cerca, quiero ir a verlo. Mis amigos no me dejan. No se te ocurra, Belén.

Leo que una nadadora olímpica china ha hablado de su regla y ha cruzado la línea del tabú. Del tabú de la regla en su país, del tabú de la regla en los juegos. Hace tiempo que quiero escribir sobre la regla, sobre mi regla. No sé si las mujeres que habitan el País de las Personas Salvadas se manchan cuando tienen la regla, manchan sus bragas y la sangre traspasa los pantalones y manchan la silla de su lugar de trabajo y van dejando la huella de la menstruación, si en la ducha la sangre se mezcla con el agua, si la sangre fluye o sale a borbotones, en forma de coágulo. No sé si esas mujeres ensucian la cama con su sangre, si sus muslos, un poco más abajo de las ingles, se tiñen, si se sientan en el váter cuando tienen la regla y su cuerpo empieza a expulsar fluidos de tipo diverso.

Si se tiran de los pelos cuando el día de esa cita se levantan con la regla. Y con el dolor de riñones y con los ovarios acuchillados y con la cara pálida y con el sudor frío.

Menstruar, sudar, oler a sudor, la depilación imperfecta, la flema en el lavabo. La eyaculación desaforada.

(Escribo esto mientras escucho una sublime y delicadísima canción de Leonard Cohen, “Light as the Breeze”, repleta de imágenes y en la que hay sangre, admiración, odio y amor, espera, es una canción conmovedora y maravillosísima).