Un barco navegando el Misisipi, con un pianista tocando sin parar, o un pub de algún suburbio de una ciudad industrial a la hora del cierre de la fábrica, lleno, también con pianista tocando todo el tiempo.

Una ciudad, unos protagonistas, unas historias reconocibles, pero con la ambigüedad suficiente como para que podamos completar el escenario, una ciudad, el cerro desde donde se ve, o los muelles; quienes lo pueblan y lo que les ocurre, un universo reconocible perfectamente cuando se escucha el álbum completo, que es como conviene escuchar la música que nos interesa, concebida como una obra completa dentro de un formato determinado, aunque el disco no lleve el apellido de “conceptual”.

Unos músicos de una banda que hace años que ya no existe, que tampoco están ya en la ciudad, que continuaron sus vidas fuera y en lugares distintos y que hace años parieron un disco único, con una parroquia nostálgica, adoradora y fiel, parroquia admiradora de esas nueve canciones, que caben en ambas manos, pues son menos de diez.

Unos músicos que con ese álbum forman parte de la historia de la ciudad, de esa historia de la ciudad que se escribe sobre partituras, con los dedos que hacen hablar a los instrumentos, con los folios de las letras y con locales de ensayo y salas donde tocar, esa historia que se recopila en pocos o ningún libro, en artículos dispersos y en la memoria de un grupo de personas que, en la barra de un bar cualquier noche, cualquier fiesta, recuerdan, porque algo hace surgir la chispa, recuerdan la música y empiezan a cantar y vuelven las conversaciones, qué disco, qué canciones, qué bueno, yo quiero que lo vuelvan a tocar, quiero volver a juntarlos y que lo toquen la última vez, ya hablé con uno de ellos y me dijo que no, imposible, Belén, no lo harán, ya son otro momento, otros escenarios, otras personas, otras historias.

Sulei Dawwas, José Manuel Alonso, Javier Longares, Claire Beaus, con la ayuda de otros nombres que siguen sonando, Igor Paskual, Chus Neira, César Pop, y más, grabaron un álbum en que las canciones de Sulei, las espléndidas y reconocibles y suficientemente ambiguas canciones de Sulei, se nos han quedado en nuestro cerebro, en nuestras lenguas y en nuestra memoria sentimental.

La historia de las familias cuenta que son los hermanos mayores quienes nos descubren la música; si no hay hermanos, puede haber un primo, o una amiga, que hace las veces de hermana mayor, un tío joven, el hermano pequeño de mi madre…

Mi camino fue a la inversa, mi hermano pequeño, el amigo de Sulei, me regaló este disco, que tiene dieciséis años, no recuerdo los detalles, pero vino de él, y desde entonces, a veces, no escucho las advertencias de las canciones y desoigo el consejo que se le da a Carlota y, aunque corro, me paro y miro atrás, con el tonto deseo de que estas canciones suenen por última vez en algún escenario ovetense.

La Ventana de Asturias – Cadena SER – 3 de junio de 2016.