Me acerco a una playa a ocho kilómetros al sur de Mitilene, muy cerca del aeropuerto, con la intención de conocer las playas en las que, día tras día, desembarcan gentes venidas de Siria, de Irak, de Afganistán para tratar de encontrar en Europa refugio. Es una playa de piedras, larga y estrecha, en la que el Egeo va y viene siempre a la misma orilla. Enfrente, perfectamente visible, tierra turca, envuelta en esa bruma ligera y marina tan característica.

Estoy allí varias horas, mirando el mar, leyendo, es octubre, out of season, dicen por aquí, hay poca gente en la playa, nada de turismo, y tiene todo el tono otoñal de las playas cuando aún hay restos de verano: la caravana que hace las veces de chiringuito, cerrada, pero todavía con olor a helado y a crema solar, con el rastro de las toallas y de las dificultades para aparcar.

Mientras estoy en la playa, no llega ninguna lancha cargada de desesperación, el día se convierte en un oasis, no hay rastro, en esta playa, esta mañana, de la tragedia de la guerra. Unas pocas personas tomamos el sol, leemos y nos bañamos en el Egeo, tranquilo, frío, mirando la costa turca, barcos pesqueros pequeños hacen su trabajo. Es un oasis momentáneo, mentiroso paréntesis, al volver la mirada hacia la carretera y ver a un grupo de personas, a saber dónde han desembarcado, caminar por el arcén inexistente; al ver autobuses cargados de cabezas cubiertas con pañuelo, a saber dónde han desembarcado, en dirección a Mitilene.

No sé si volveré a una playa y, si vuelvo, no sé si presenciaré la llegada de alguna lancha venida de Asia. Si vuelvo y ocurre, se lo contaré a mi vuelta, pues aquí se terminan mis crónicas —enseguida vuelvo a casa—, desde este rincón de Europa, sacado de su placidez, llena de connotaciones viajeras, sensuales y literarias, a golpe de realidad; rincón de Europa que pertenece a un país tan expoliado y golpeado por la inoperancia y la corruptela de sus gobernantes en los últimos años, en incertidumbre ahora, elección tras referéndum tras elección, con unos recortes brutales en sus habitantes y en sus servicios públicos.

Un país heredero de nuestra auténtica madre patria; una isla preciosa, llena de aceitunas, con una animadísima capital, y ya no hay turismo, de gente amable que tiene desde hace unos meses un reto grande de convivencia.

Los cantos de la Odisea en que conocemos el encuentro del héroe con Nausícaa, la hija del magnánimo Alcínoo, y con este y Arete son difícilmente igualables en belleza y en fuerza en un relato. Cuando Odiseo cuenta su viaje, inacabado aún, a la reina dice: “… Poseidón, el Sacudidor de la tierra. Él fue quien impulsó los vientos y me cerró la ruta, y agitó el mar infinito, y el oleaje no dejaba que yo, angustiado con continuos sollozos, avanzara en mi balsa lo más mínimo. Luego la tempestad la destrozó. Y entonces yo atravesaba nadando el piélago profundo, hasta que a vuestra tierra me impulsaron en su embate el viento y el agua…”.

Que quienes lleguen a nuestras tierras con el impulso del viento y del agua, con el embate de la infamia de la guerra, con las manos tendidas y sollozantes, encuentren espacio aquí para el descanso, el abrigo, el refugio, cuya responsabilidad empieza en aquellos y aquellas que ocupan las altas instituciones de gobierno y termina en cada cual que componemos la sociedad, nadie puede pensar que no tiene responsabilidad en la acogida, desde el gobernante lleno de poder hasta cada habitante de cada barrio. Si no la ejercemos, gobernantes y ciudadanía, estaremos violando las leyes, inasumiendo nuestro deber ciudadano y renunciando con negligencia imperdonable a ejercer el mayor compromiso moral con el que varias generaciones europeas nos estamos enfrentando.

Que, citando, inevitablemente, a Safo, quienes imploran refugio sientan nuestro andar amable y rostros con luz clara antes que “a los carros lidios o a mil guerreros llenos de armas”.

Muchas gracias por haberme acompañado en este viaje. Nos vemos pronto.

Asturias24 – 15 de octubre de 2015.