El paseo del puerto de Mitilene es el escenario del deambular constante, a cualquier hora del día y de la noche, de las personas que entran por este pequeño trozo de Europa que es la isla griega de Lesbos para tratar de hallar refugio, huyendo de la guerra y del terror de sus países de origen. Caminan y caminan o pasan el tiempo en los bancos, mirando al Egeo; en los bordes de la bahía, mirando al Egeo; paseando, haciéndose fotos con el Egeo a las espaldas, como si de turistas que vienen a pasar unos días a una más de las ensoñadoras islas griegas se tratara.

Hombres, mujeres, niños y niñas van y vienen del final del puerto —donde se encuentra la zona, una explanada grande, de salidas internacionales— al paseo, a las tiendas, a los quioscos, a las tascas y a las terrazas de Mitilene. A pasar el día lejos del hacinamiento sucio de esa zona del puerto; a comprar mochilas, mantas, esteras, botas, café, galletas, bocadillos, tabaco; a sentarse en una terraza a tomar un refresco. A pasar el tiempo mientras esperan billete para poder acceder al barco con el que logren salir de este pequeño trozo de Europa, tan cerca de Asia, este pequeño trozo de Europa, lleno de evocación literaria y sensual.

La explanada interior del puerto que ocupa la zona de salidas internacionales es un improvisado e informal campamento de refugiados. Cientos de personas se hacinan en unas pocas tiendas de campaña y a la intemperie. El minúsculo abrigo que hay, en el vestíbulo que da acceso al edificio de salidas, está repleto de gente tumbada. Hay pantalones puestos a secar en todas las vallas alambradas.

Cuando visito el interior del puerto, mi segundo día de estancia en la isla, diluvia casi constantemente. Decenas de personas se acumulan en torno a los puestos de venta de billetes. Un enorme transbordador de la compañía Hellenic Seaways espera que alguien lo pilote para marchar.

En este improvisado campamento de refugiados, al que llegan constantemente taxis venidos de otros lugares de la isla con más, me topo con la vida y la muerte, que son, al fin, lo mismo. La vida en forma de criaturas vivas, estas, sí, que se acercan y se alejan de las pequeñas olas que llegan al puerto, jugando para no mojarse, desafiando esas pequeñas olas exhaustas que llegan al puerto, riéndose, subiendo al muro que no deben, riéndose, desafiando a sus mayores, riéndose, escondiéndose de la regañina para evitar que corran peligro, que corran peligro estas criaturas, que huyen de las bombas, de la destrucción y del mar terrible y helador, para evitar que corran peligro cuando, riéndose, se suben a un pequeño muro a cuatro palmos del suelo.

La vida en forma de parejas marcadas por la sal del mar en su ropa, ya marcadas para siempre, que se esfuerzan sonriendo en explicar en inglés a un griego viejo que lo entiende regular y que, curioso, les pregunta, en explicar que vienen de Siria.

La muerte en forma de cadáver tumbado, envuelto en una manta, con las manos cruzadas sobre el pecho, en la explanada de salidas internacionales del puerto de Mitilene, mientras cientos de personas viven alrededor, mirando al Egeo, y el cadáver confirma, otra vez más, el grito de Bécquer, “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”, qué solo ese cadáver, tan amortajado en una manta azul, entre la vida que sigue en el puerto, encarnada veinte metros más allá en una mujer que amamanta a una criatura.

Llueve sobre Mitilene, patria de Safo. Quienes suplican refugio en Europa pasean mojándose, para vivir el día lluvioso. Me fijo en un hombre de unos 60 años, que lleva pantalón y americana grises, y a sus nietos de la mano. Me fijo en él porque conozco a ese hombre.

Cuando visito territorio del islam, me tropiezo siempre con ese hombre. Tiene unos 60 años y viste pantalón y americana grises. Me lo tropiezo en El Cairo, en Petra, en Isfahán. Lo conozco. Trabaja en el museo de El Cairo, como conservador; en el gran bazar de Isfahán, vendiendo telas; como guía en Petra.

Conozco a ese hombre de unos 60 años, así vestido; es sabio y muy amable, cuando me tropiezo con él, me llama “madame”. Lo sabe todo de su oficio.

Ahora, pasea, mojándose, con sus nietos de la mano, por el puerto de Mitilene.

Asturias24 – 13 de octubre de 2015.