La catedral de Oviedo es una catedral provinciana en una plaza provinciana cuyos transeúntes se dejaban observar en la Vetusta de Clarín por don Fermín de Pas, el Magistral, sometido a su madre y sumiso al amor de doña Ana Ozores, la Regenta, atormentado y comido por los celos, en un amor correspondido e imposible, castrado por las infranqueables convenciones.

La catedral de Oviedo es una catedral entrañable para quienes aquí vivimos y nos acostumbramos a pasar por una plaza provinciana cuyo suelo rebosa humedad en forma de prado de piedra gris, con paso sometido a la prisa, sumiso a la belleza de un recuerdo que no dura nada.

La catedral de Oviedo es una catedral con una cámara que dicen santa, llena de joyas provincianas y con un hermosísimo apostolado donde el apóstol Tomás, el escéptico, necesitó zafiros, en lugar de azabaches, como ojos para poder ver y, así, creer, sometido ya para siempre a la evidencia del dedo en la llaga, sumiso al milagro de la resurrección.

Las piedras de las canteras y el trabajo de los canteros y las marcas de cantería, trabajo tan artesano y en relación tan íntima con superficies duras, frías, diversas, aparentemente amorfas, pero que tanto cuentan y tan orgullosas se alzan para cortar el cielo.

Desde hace un tiempo, hay que pagar para entrar en la catedral de Oviedo, excepto si la visita es por razones piadosas y de culto. El paso al pago fue polémico. Pero, por ocho euros al año, podemos hacernos con una tarjeta que da derecho a las visitas que se quieran y a algunas actividades que se programan.

¿Saben? Las actividades que se programan son unas pocas, restringidas a determinadas épocas del año. ¿Saben? Las actividades que se programan se programan porque profesionales que trabajan en la catedral quieren abrirla, quieren mostrarla, quieren enseñarla, quieren que la queramos, como ellos la quieren, cada cual a nuestra manera, sometidos al amor por ese lugar provinciano, sumisos a la belleza modesta, falta de exuberancia de otras magníficas catedrales, de esa catedral en que, si sufrimos el sometimiento y la sumisión nos hace desmayar, puede posársenos en la boca el vientre frío y viscoso de un sapo.

Asturias24 – 16 de diciembre de 2015.