Se amontonan canciones, atropelladamente, una detrás de otra, en la cabeza, en el ordenador, en el plato, en el reproductor, al buscarlas, de modo compulsivo, urgente, con esa urgencia dictadora del deseo, que no puede esperar y se olvida de lo que no sea él, para hacer la cena, para el coche, para salir de casa, mientras nos pintamos los párpados, para dormir, para quererse, para trabajar, para escribir esta columna…

Se amontonan canciones, que saltan de una lengua a otra, para buscar, atropelladamente, traducciones, o intentar, cuando se tiene más tiempo y alguna capacidad, la propia traducción, para descubrir que la canción está escrita para ese momento, ese, y que nos interpela y nos cuenta, porque, al fin, no hay otra cosa que el viaje y la supervivencia.

Se amontonan canciones para encontrar la música, la música que suena en directo en los auditorios grandes, en la calle, en los bares. Se amontonan canciones escuchadas en casa antes o antes en los bares en directo, en los bares en directo con el hilo que une la música en directo en los bares con la que suena en ese instante en los auditorios grandes y en la calle, aquí o donde sea, que son los eslabones en la cadena de la participación en lo común, que en ese instante en que hay miles de lugares en el planeta donde suena un concierto hay la misma emoción al escuchar las canciones que se amontonan, en los grandes auditorios, en una boca de metro, en un garito pequeño y sin escenario, el mismo modo de sentir y de aprender, con la guitarra rompiendo el aire y la armónica, en la nota que sea.

Y ya sabemos de dónde salieron los grandes, de los conservatorios o de los garajes, pero siempre de los bares, en sesiones canallas y hacinadas y sudorosas y tantas veces en sótanos y está la convivencia y hay maneras de regular, ya está bien, la música en directo, hay modos que ya se usan fuera de aquí, y horarios, sensatez en el volumen, técnicas insonoras, modificaciones normativas, para seguir la música en directo en los bares, refugio del rockero veterano, entrenamiento de las categorías inferiores, acuérdese una modificación sensata de la norma, negóciese, regulemos para que la ciudad no se quede muda, sorda y casi ciega. Y si ustedes, después de un día larguísimo, entran en uno de esos templos que son bares y está un trío de jazz tocando Where Is my Mind y, de repente, sienten que se han tomado un jarabe con sabor a fresa para el dolor de cabeza o se han puesto una bolsa de agua caliente cuando los ovarios pinchan, si sienten eso, al acabar la jornada, si van a bailar porque Harvest Moon no cuenta nada en que no estemos, si quieren jarabes y bolsas de agua caliente, estén a una, estemos a una, para no enmudecer.

Asturias24 – 16 de septiembre de 2015.