(Colaboración en la conferencia impartida por Héctor Tuya sobre jazz y literatura negra, en la IV Semana del Jazz de Candás).

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“Sí, en verdad toco la trompeta, pero solo como desahogo. Soy pésimo”, decía Julio Cortázar, autor de “El perseguidor”, cuento publicado en el año 1959, junto con otros relatos, en el volumen titulado Las armas secretas.

El escenario del cuento es París, ciudad a la que ha ido a tocar el protagonista, el músico saxofonista alto Johnny Carter, que no es otro que un trasunto del grandísimo músico de jazz Charlie Parker.

Tocara bien o mal Julio Cortázar la trompeta, era un devoto erudito del jazz y también en Rayuela los personajes que deambulan por París, perdedores enamorados expatriados, se reúnen en casa de una de las parejas a escuchar jazz, lo llaman “discadas”, bajo el nombre del Club de la Serpiente. A escuchar jazz y a beber vodka malo, a hablar, a enamorarse, a desenamorarse, a llorar.

Pero no solo en Rayuela; la obra de Julio Cortázar, cuentos y novelas, está trufada de jazz.

Gabriel García Márquez, en un texto llamado “El argentino que se hizo querer de todos”, cuenta un viaje en tren de París a Praga, de él mismo, del también escritor Carlos Fuentes y de Cortázar:

“A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y en qué momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la orquesta de jazz. La pregunta era casual y no pretendía conocer nada más que una fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolongó hasta el amanecer (…) Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creíbles, que culminó con las primeras luces en una apología homérica de Thelonious Monk”.

Qué viaje, con ese hombre altísimo, con su modo de hablar argentino, que arrastraba las erres, dando una lección magistral de jazz, mientras de noche un tren atraviesa Europa, mientras tres hombres latinoamericanos hablan de jazz, esa música venida de Estados Unidos.

En la foto que encabeza, Charlie Parker y Miles Davis, en el año 1947, en el club de jazz 3 Deuces, en la calle 52 de Manhattan. También están Tommy Potter, en el contrabajo; Duke Jordan, en el piano, y Max Roach, en la batería.

“El perseguidor” muestra una estancia en París del saxofonista Johnny Carter, nombre construido por Cortázar a partir del nombre y del apellido de otros dos saxofonistas altos negros, Johnny Hodges y Benny Carter.

El cuento es relato novelado lleno de realidad acerca de Charlie Parker, que nació en Kansas City en 1920 y murió en Nueva York en 1955. Y, en esos casi 35 años de vida (murió en marzo y no cumplía los años hasta agosto), le dio tiempo a ser uno de los mejores músicos de jazz de la historia, lo que es lo mismo que decir que uno de los mejores músicos de la historia, y su importancia en la historia de la música no es solo, y ya es suficiente, como autor y como intérprete, sino que, junto con otros músicos de la talla del propio Max Roach, de Thelonious Monk y de Dizzy Gillespie, fue uno de los creadores del estilo bebop.

Compositor, intérprete y abridor de caminos, pues.

Charlie Parker, conocido como Yarbird o simplemente Bird, nombre que inspiró los títulos de algunas de sus composiciones. Nombre de la película sobre la vida del músico, dirigida en el año 1988 por Clint Eastwood.

En el cuento de Cortázar, el narrador es Bruno, crítico de jazz que acaba de escribir una biografía sobre Johnny Carter. Ambos son muy amigos. En el cuento, el músico representa la espontaneidad, la irracionalidad, la vida al margen de las normas,  la creatividad, el genio, los excesos; el crítico, que sustenta y salva al músico con frecuencia, es el orden, la racionalidad, el sistema, el trabajo artesano que vive del genio de la música. Se necesitan mutuamente, músico y crítico, amigos; se necesitan y también necesitan separarse. En el cuento, Bruno dibuja un Johnny Carter a menudo de modo displicente, como un ser primitivo, pero sabiendo para sí que nunca logrará siquiera acercarse a su talento, que no es más que un crítico que parasita en el genio.

El cuento de Cortázar sucede en París, en los últimos cuarenta, primeros cincuenta, en el París liberado, en el París tras la II Guerra Mundial, en donde en el barrio de la orilla izquierda Saint-Germain-des-Prés floreció multitud de cafés frecuentados por los intelectuales existencialistas, encabezados por Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir; y se llenó, asimismo, impulsados por el escritor y músico Boris Vian, de caves, sótanos, muchas veces los sótanos de hoteles y restaurantes, que se convirtieron en clubes de jazz, donde se tocaba, se cantaba, se improvisaba, se bailaba, se fumaba y se bebía, y donde desembarcaron muchos músicos negros americanos, y convirtieron París en una ciudad llena de música, que pasaba de los locales más populares de la orilla izquierda, sótanos, a los teatros y salas de la orilla derecha, donde Charlie Parker también tocó y donde Johnny Carter toca en el cuento, en la sala Pleyel, aún abierta hoy.

“El perseguidor” es la historia de eso, de un perseguidor, de un hombre, de un músico que deseaba trascender el tiempo, casi abolirlo. Carter le cuenta a Bruno episodios de su infancia: “Por eso en casa el tiempo no acababa nunca, sabes. De pelea en pelea, casi sin comer. (…) Cuando el maestro me consiguió un saxo que te hubieras muerto de risa si lo ves, entonces creo que me di cuenta enseguida. La música me sacaba del tiempo…”. De un perseguidor que se prepara para dar el salto: “Johnny obsesionado por algo que su pobre inteligencia no alcanza a entender (…) lo prepara quizá para un salto imprevisible que nosotros no comprenderemos nunca”.

Bruno, por fin, dice: “Es curioso, ha sido necesario escuchar esto, aunque ya todo convergía a esto, a Amorous, para que yo me diera cuenta de que Johnny no es una víctima, no es un perseguido como lo cree todo el mundo (…). Ahora sé que no es así, que Johnny persigue en vez de ser perseguido…”.

Volvamos un poco más atrás en el relato, que nos cuenta un ensayo antes de una grabación en que están Miles Davis y Johnny Carter / Charlie Parker: “Y justamente en ese momento, cuando Johnny estaba como perdido en su alegría, de golpe dejó de tocar (…): “Esto lo estoy tocando mañana”, (…) y Johnny se golpeaba la frente y repetía: “Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué mañana”, y no lo podían hacer salir de eso, y a partir de entonces todo anduvo mal…”.

Johnny Carter quería trascender el tiempo, para ello, se manejaba en otro espacio temporal distinto al que aceptamos convencionalmente, para acabar por superarlo. Se sentía extraño en nuestra convención del tiempo y esto le provocaba enorme perturbación y esta obsesión es uno de los motores del relato.

Pero todo el relato nos lleva a “Amorous”.

“Amorous”, interpretado en el cuento por Johnny Carter en un estudio de grabación de París, es, en la vida real, “Lover Man” y forma parte de las conocidas como Dial Sessions. Este tema fue grabado el 29 de julio de 1946 en Hollywood, para esta compañía, especializada en jazz. La canción fue originalmente escrita para Billie Holiday.

Charlie Parker estaba de gira por California con Dizzy Gillespie y el resto de la banda. Pero el bebop fue despreciado en la Costa Oeste y Dizzy decidió volver a casa, a Nueva York, antes de lo previsto. Charlie decidió quedarse, sin embargo. Y allí sucedió. La grabación de Parker está considerada un hito en su carrera y, por tanto, en la historia del jazz, en un momento en que el músico estaba preso de todas sus adicciones: alcohol, heroína…

Esta grabación se cuenta del siguiente modo en el relato.

Estaba programada una sesión y Johnny llegó con mucho retraso al estudio, en malas condiciones físicas y anímicas, cuando músicos y técnicos empezaban a impacientarse. Dice que no tiene ganas de tocar. Lo convencen para que, al menos, ensaye. Comienza a tocar y, al poco, pregunta que cuándo van a empezar con “Amorous”. Y narra uno de los músicos:

“… Johnny abre las piernas, se planta como un bote que cabecea, y se larga a tocar de una manera que te juro no había oído jamás. Esto durante tres minutos, hasta que de golpe suelta un soplido capaz de arruinar la misma armonía celestial, y se va a un rincón dejándonos a todos en plena marcha, que acabáramos lo mejor que nos fuera posible. Pero ahora viene lo peor, y es que cuando acabamos, lo primero que dijo Johnny fue que todo había salido como el diablo, y que esa grabación no contaba para nada”.

La grabación de “Lover Man” está, también, maravillosamente reflejada en la película de Eastwood. El genio, agotado, adicto a casi todo, enfermo, con una violenta reacción cuando no puede más, cuando no puede continuar soplando. Un talento gigante de alguien deterioradísimo y que, sin embargo, es capaz de hacer hablar al saxo “como yo creo que solamente un dios puede tocar un saxo alto”.

Tras esta grabación, Charlie Parker fue internado durante seis meses en el Camarillo State Mental Hospital, en California.

“Amorous” o “Lover Man”, en la literatura o en la vida, que son, al fin, lo mismo, es esto:

Hay muchas más cosas en “El perseguidor”. Casi infinitas. Están estas pinceladas, está mucho más y está la propia lectura que cada cual haga del texto. Del texto y de la experiencia de la música de Charlie Parker. Lean el relato con el saxo de Parker de fondo. De fondo o al lado. Lean a Cortázar. Vean la película de Eastwood.

Sigan aprendiendo jazz para enseñarnos jazz a quienes, como yo, aún solo hemos mojado los dedos de los pies en esta música que es tan grande como el océano, en esta música divina y diabólica, a partes iguales.

En este cuento magistral, se dice de Johnny Carter, de formar parte de Johnny Carter: “Sería como vivir sujeto a un pararrayos en plena tormenta y creer que no va a pasar nada”. Decidamos si nos compensa abrazarnos a los pararrayos. A veces, abrazar el jazz es abrazar un pararrayos en plena tormenta.

En la película de Clint Eastwood, un psiquiatra le dice a Chan, la esposa de Charlie Parker, que, debido al estado mental del músico, le convienen electrochoques. Ella le replica que no va a consentir el tratamiento, que Charlie vive de componer y de improvisar. El psiquiatra le pregunta, entonces: “¿Usted qué quiere, un músico o un marido?”. Ella le responde: “Eso no se puede separar”.

A veces, abrazar a los músicos es, también, abrazar pararrayos en plena tormenta.