Acabo de llegar de Irán. Casi en el momento en que aterrizaba el avión que me trajo de vuelta, se anunciaba la firma del acuerdo entre la república islámica y Occidente para frenar la expansión nuclear del país y, en contrapartida, levantar las sanciones que aprietan a la población iraní. Porque, sí, las sanciones son contra el Gobierno y el pato lo paga la población, siempre. Los embargos, las sanciones pueden acabar doblegando a los estados, pero hay que ver si eso legitima el sufrimiento y el empobrecimiento de los pueblos, en mi opinión, en ningún caso.

Acabo de llegar de Irán. He descubierto un país fascinante. Hay regiones fascinantes, en este mundo tan ancho y tan ajeno, y tan pequeñito, a la vez, porque es pequeño, porque, viajando, he descubierto una obviedad, que allá donde estemos, allá de donde seamos, queremos comer, beber, amar. También, escuchar música y bailar un poco. Y tener una pelota para jugar. Y reír. Y curiosear al otro, asombrarnos con lo distinto y preguntar. Y quienes se empobrecen por los embargos, en grandísimo número, no saben nada de la fisión nuclear, que se produce por centrifugación, en un proceso complejísimo que lleva años para proveer de electricidad a las viviendas o para construir una bomba. Y no saben nada de complejas relaciones internacionales, en que la mano derecha embarga por aquí y la mano izquierda vende armas por allá. Y cuando, en el mes sagrado del Ramadán, acaba la jornada de ayuno diaria, en Irán, que es de donde acabo de llegar, las familias salen a los jardines, a las orillas de los ríos, a los parques, con su mantel y sus cestas llenas de comida y sus infiernillos, y allí, con la llamada a la oración de la última hora del día, se recuperan y comen y celebran y las criaturas juegan.

He tenido el privilegio de compartir mantel con una de esas familias, en la deslumbrante plaza del Imán, en Isfahán. Frente a los prejuicios apocalípticos, una familia me invitó, al verme rubia en el pelo que asomaba debajo del pañuelo obligatorio y con una indumentaria que, a pesar de mis esfuerzos por taparme, no escondía mi origen extraño, me invitó a compartir la comida del fin de la jornada del Ramadán. Y allí estuve y no pudimos hablar demasiado, más allá de sonreír y comunicarnos con algún gesto, pero probablemente el abuelo no sea un experto en política internacional ni en la centrifugación del átomo y solo espera el fin de la jornada para compartir mantel con su hija, su yerno y su nieta, en la deslumbrante plaza del Imán, de Isfahán, que probablemente tampoco le resulta deslumbrante como resulta a los ojos de una occidental rubia y torpe en un país extraño, que se estremece con la llamada a la oración sin ningún atisbo de espiritualidad, sino como resultado de una experiencia muy sensual siempre envuelta en calor, en calor abrasador, en calor abrasador en el desierto de Lut, dicen que el lugar más cálido del planeta, en las ruinas de Persépolis, en la plaza del Imán, de Isfahán.

Acabo de llegar de Irán. A pesar de que las complejas relaciones internacionales y sus enrevesados vericuetos no lleguen al abuelo que me invitó a su mesa sobre el césped frente a la mezquita en Isfahán, sus resultados sí los notará, en forma de abaratamiento de productos esenciales o de acceso a otros. Y, sin duda, los notará su nieta, la chiquita que me hablaba en inglés y se le llenaba la boca de sonrisa cuando hablaba con esa extranjera de pelo rubio que se escapaba debajo del pañuelo que no podía dejar de sentir una emoción vivísima de estar en ese momento allí, de sentirse una privilegiada que llegó al fin a lo que todo el curso anduvo persiguiendo, compartiendo mantel con esa familia, mientras en un hotel de Viena, resultado último de la limitación de mandatos en Estados Unidos, en este caso de un presidente que culmina su mandato estrechando lazos con dos países sometidos a embargos, que acaban pagando sus habitantes, aunque faciliten acuerdos con los gobiernos tras años de sanciones, se firmaba un acuerdo en una mesa con una mujer en este caso rubia también, al mando de la diplomacia europea, y este es el camino que habremos de seguir.

Porque el anciano que me invitó a compartir su comida en el ocaso de la llamada a la oración, en la deslumbrante plaza del Imán, en Isfahán, probablemente no entienda demasiado de enrevesada política mundial. Y probablemente nunca habrá oído hablar del Estado Islámico.

Asturias24 – 16 de julio de 2015.