A veces, Asturias es agua. Asturias es siempre agua, incluso cuando no lo es. Pero, a veces, Asturias es agua, a pesar de, apretada, tener unos ríos pequeños y discretos, aunque modestamente majestuosos, como el Sella cuando otea el mar.

Asturias es agua y por eso es verde y por eso, a pesar de todo, es rica. Y es agua salada del mar y dulce de las aguas adentro y sólida del hielo y de la nieve.

Y es agua incontenible ahora que el invierno está dando paso a la primavera, agua que mana desde dentro de la tierra, en fuentes naturales, a veces reconducidas en lavaderos y abrevaderos, y mana y mana e inunda y provoca argayos y aludes.

El agua, como siempre la historia y la geografía de un pueblo, nos salpica desde la toponimia por todos los lugares, a poco que nos paremos a mirar: los Sotos, los Entrialgos, Antrialgos, las Fontorias, Fuensantas, Fombonas, el Fontán; y todos los llamargales, y tantos otros, ríos, Piloña, Pigüeña, ribas, regueras y riegos y Agüerias y Aguañaces.

De vuelta al puerto de San Isidro, atravesar el concejo de Aller, de nuevo, significa agua, argayo, alud, y las inútiles en tantas ocasiones manifestaciones humanas para la contención imposible de la naturaleza en estado líquido. Atravesar el concejo de Aller, entre fuentes que rebosan las cunetas, el río del otro lado, la nieve que enseguida aparece dispuesta a despeñarse, hace pensar en que, inevitablemente, se producirá la deglución y desapareceremos porque el agua nos engullirá, en una especie de retorno al líquido amniótico, de pesadilla como la vivida por la señora Brown, magnífica Julianne Moore en Las horas.

Y el agua, que nos moja, nos lava, nos quita la sed, nos acompaña en las letras escritas por quienes lo dicen tan bien y nos las apropiamos, las hacemos nuestras sin pudor, como el vaso de agua en la tormenta que es Horacio para La Maga en el París de Rayuela; como el agua de río mezclada con mar de los vasos vacíos de Vicentico y sus Fabulosos Cadillacs; como las lágrimas turbulentas que necesitan el puente de Simon y Garfunkel; como el ruego de dejarme entrar en la tormenta de Leonard Cohen, porque uno de nosotros no puede estar equivocado.

Asturias24 – 4 de marzo de 2015.