Un centenar de razones le piden a voces que vaya. Él va (…) para poblar un mapa vacío. (…) Va porque aún es joven y está ávido de emociones (…); va porque es viejo y necesita comprender algo antes de que sea demasiado tarde. Va para ver qué sucederá.

Uzbekistán significa algo así como “el lugar de los dueños de sí mismos”. Enorme paradoja, enorme mentira. Uzbekistán es país independiente desde 1991, desde el desmembramiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, desde que la URSS dejó de serlo. Y a Uzbekistán lo convirtió en nación el régimen soviético, unificando territorios gobernados por emires, aquí y allá. Dicen que la sinuosa frontera que abraza los territorios uzbekos del este la diseñó Stalin cuando ya había ingerido una cantidad suficiente de vodka como para estar borracho; dicen que el desmesurado Stalin contaba el vodka por botellas, no por copas.

… alors que les Soviétiques avaient la vodka, la sainte vodka transparente, l’eau-de-vie, l’eau de la vie et de l’oubli…

Antes de llegar a la capital uzbeka, Taskent, vuelo a Estambul. En un aeropuerto casi vacío porque es de noche, mientras espero el próximo avión, veo en las pantallas enumerado aquello que entendemos por “Oriente”: Ekaterimburg, Ho Chi Minh, Doha, Cairo, Süleymaniye…

Si alguna vez llegáramos a un aeropuerto sin destino, sin billete, sin casi equipaje y nos dejáramos llevar por los nombres de las pantallas. No particular place to go. Kuala Lumpur, Tahran, Menida, Tiflis…

… et j’ai l’impression d’avoir vécu mille vies depuis, d’avoir fait courir tous les trains derrière moi jusqu’au bout de la terre.

En el actual territorio uzbeko y mucho más, en la fascinante región de Asia Central, viajaron, saquearon, invadieron, permanecieron, sometieron, comerciaron, gobernaron, huyeron, guerrearon, deambularon, perdieron y ganaron Alejandro Magno, chinos, persas, turcos, árabes, mongoles, rusos, soviéticos…

necropolis en samarcanda

Necrópolis en Samarcanda; al fondo, el cementerio soviético

Los uzbekos primigenios pertenecían a tribus nómadas venidas del norte, en el siglo XIV, tribus que se expandieron y cuyos miembros acabaron dando nombre al país.

Uzbekistán, “el lugar de los dueños de sí mismos”, con apenas unos lustros de independencia, con fronteras trazadas a golpe de estrategia soviética, con una historia, la de Asia Central, plagada de pueblos conquistadores, guerreros y comerciantes, que acabaron por formar un país étnicamente híbrido. Uzbekistán, que abandona el alfabeto cirílico en ruso para incorporarse al alfabeto latino en uzbeko, pero que no olvida el persa en caligrafía árabe.

Je ne me souviens plus à quel moment précis j’ai pris la décision de faire ce voyage…

Por qué viajar a Uzbekistán, qué se me ha perdido allí, me preguntan antes del viaje.

Primero de todo fue Samarcanda. Samarcanda, como ciudad clave de la Ruta de la Seda, caminos diversos por tierra y aun por mar de Asia a Europa. El sueño de peregrinar para tocar con las yemas de los dedos, para rozar lo que ese prodigio comercial, pero viajero, aventurero y de difusión de religiones, morales, noticias, lenguas, inventos… supuso. Esa hazaña, a lo largo de cientos de años, humana de vencer desiertos, cordilleras, tempestades y sol lacerante; fieras y bandidos. El enriquecimiento, la necesidad de ganarse la vida, la atracción enajenada de la seda, la belleza de la seda, la suavidad en la piel, la resistencia del tejido, la belleza resistente. El fulgor venido de algo que tantas veces nos produce repulsión, la baba de un gusano, que no llega a ser la baba del diablo, pero casi, trabajada baba nudo a nudo, teñida con colores que también viajaron, de flores exprimidas, de especias…

Y Marco Polo, Ibn Battuta, Ruy González de Clavijo, Sven Hedin. La obsesión por el viaje, por el camino, por llegar para seguir andando. Por el extrañamiento.

Y además de la Ruta de la Seda están las cúpulas azul turquesa de las mezquitas y los alminares como las rocas y los muecines como sirenas que hipnotizan, sobre todo, cuando el sol se pone, y allí vamos, aunque el islam en Uzbekistán se practique casi siempre con una cierta timidez, porque para eso estuvo la Unión Soviética. Pero las cúpulas de las mezquitas y los patios de las madrazas se unen a la Ruta de la Seda, a los caravasares.

Y además está la historia de Asia Central, toda ella.

Vengo a Uzbekistán con la obsesión de Samarcanda y aparece Jiva, ciudadela de adobe patrimonio de la humanidad donde la gente sigue construyendo sus viviendas y cuya entrada está vigilada por una enorme y soviética estatua del matemático Al-Juarismi, dicen que natural del lugar, que trazó el camino del álgebra.

A Jiva llego en vuelo desde Taskent, la capital, hasta Urgench y de aquí en coche a la ciudadela. En el avión, de hélices, una jovencísima madre, desafiando precauciones y extrañezas occidentales, habla por su teléfono continuamente.

El paseo por Jiva al atardecer, en completa soledad turística y en continua compañía uzbeka, por fin a solo 30 grados, en busca de la mezquita para escuchar la llamada a la oración de la tarde, es delicioso. Las familias salen a la calle, a seguir construyendo sus casas de adobe, a charlar, a sestear, a jugar un pequeño con una camiseta raída de Messi.

Y como es imposible no querer ir más allá, no querer seguir cruzando fronteras, también en Jiva me gusta estar porque me siento rozando Turkmenistán.

Y antes de cumplir la obsesión de Samarcanda ya la rendición ocurre en Bujara, pura Ruta de la Seda, con sus mezquitas sujetas con pilares de madera, alminares, zocos, mausoleos, baños, fuentes, palacio de verano, atardeceres majestuosos, familias ruidosas y té. En Bujara dicen que pudieron fundarse las primeras madrazas, fundamentales instituciones académicas musulmanas, donde, además de estudiarse vastamente el Corán, se aprenden derecho, matemáticas, literatura. En Bujara, cerca, nació Avicena y allí se formó.

Bujara, a la que llego por carretera atravesando una pequeña parte del desierto de Kizil Kum, ‘arena roja’, desde Jiva, siete horas de viaje, implacable bajo el sol de 50 grados, con la presencia de un jerbo que se nos atraviesa rápido y una parada para comer en uno de los muchos bares que, en un margen y en otro, ayudan a vencer el calor con sandía y cerveza del país. El camino está salpicado de controles policiales. Cada provincia es responsable de la seguridad en su territorio y el temor al yihadismo, medicina para algunos que el país ya probó en años recientes, se vence con férrea vigilancia.

Caravasar en Bujara

Caravasar en Bujara

Bujara, con el premio de poder disfrutar en soledad de los patios, de las calles estrechas del barrio judío, de los almacenes, los caravasares, donde se apilaba la mercancía que necesitaba sombra, mientras los camellos reposaban fuera; padeciendo, por un instante, el espejismo de que el dinosaurio ya no estará a la vuelta.

Pero el viaje solo se cumple cuando se llega a Samarcanda, al menos, este. Demasiado tiempo buscándola, demasiado tiempo esperándola, demasiado importante la promesa como para no cumplirla. Y Samarcanda, después de cinco horas en coche desde Bujara, aparece y aparece la majestuosa plaza del Registán, enorme, rehabilitada, deslumbrante en sus cúpulas azul turquesa. Soñadora al atardecer, poderosa bajo el sol abrasador de día. La emoción del viaje culmina aquí, mucho viaje por dentro, mucha necesidad del mito tan real. Y, hasta pisar Samarcanda, la joya del valiente y falto de compasión Amir Timur, Tamerlán, otro nómada, no me doy cuenta de hasta qué punto estoy lejos.

Samarcanda, Maracanda, no defrauda, no puede defraudar.

La plaza del Registán la conforman tres madrazas imponentes, en las que ya no hay actividad escolar, sino que, como tantas otras en Uzbekistán, también mezquitas, son pequeños zocos.

La moneda uzbeka es el som, ha de cambiarse en el país, solo hay billetes y 1 euro equivale a algo más de 3 soms. Hay abundante mercado negro para el cambio, además de los despachos oficiales, y en muchas tiendas y restaurantes aceptan euros de buen grado y, sobre todo, dólares. Es habitual que los comerciantes pidan que les cambiemos monedas en billetes. El uso de la tarjeta, sin embargo, está poco extendido y los cajeros no abundan.

El paseo del Registán bulle de noche. Las familias salen, comen helados, deambulan, los chicos, las chicas. No hace falta alejarse mucho para poder cenar en algún modesto restaurante sin presencia occidental excepto la propia, sin nada de turismo. Asumiendo la imposibilidad de la comunicación, me someto a lo que el dueño del lugar me ofrece, qué más da, todo es distinto, sabe diferente y es ininteligible. Para esto y no para otra cosa estoy aquí.

Para comer mantis en un banco, los enormes raviolis rellenos de carne y cebolla, algo picantes, con salsa de yogur. Y para sentir Oriente sin disfraz, cotidiano, con los pies descalzos, en penumbra. Y para que todo sea incomprensible y esto sea lo más atractivo. Aunque acabe por darme cuenta de que siempre buscamos lo mismo.

La cocina uzbeka es la característica de las tierras implacables: básica, recia, sin desperdicios, todo vale para preparar otro plato, sin sofisticaciones.

Tierra doblemente dura, pues, país sin mar, el lago/mar de Aral es menos del que era, por el casi monocultivo impuesto por la URSS del algodón, sin planificación sensata y mucho menos de riegos. Apenas hay pescado en Uzbekistán, el desastre medioambiental es grande y la ruina económica de poblaciones que vivían de sacar del Aral lo que el agua tenía a bien ofrecer, tremenda.

Está el plov, el plato nacional uzbeko, arroz cocinado con la propia grasa de la carne que lo acompaña y con zanahoria, que puede llevar, también, pasas y garbanzos. Y el shashlik, pincho moruno de carne, que se prepara en parrillas. Y la lagman, la sopa omnipresente, de mucho fideo y poco caldo. O la samsa, la empanadilla cocinada en el horno rellena de carne, patata o calabaza.

Y como bebida imprescindible en toda la Ruta, y aquí también, el té, un té negro, solo, sin azúcar.

En Samarcanda se sigue comerciando con seda, con especias, con legumbres, con frutas y frutos y verduras. El mercado, muy cerca del Registán, es enorme y lleno de gente. Allí encuentro unas bolitas blancas, de diferentes tamaños. Ignorante, pienso que son huevos de aves desconocidas. No: son pequeños quesos elaborados con los restos del yogur que se hace en casa, cocina de subsistencia, de ningún desperdicio, que duran mucho y que son muy secos y muy agrios. Su nombre es kurt.

Tamerlán, héroe nacional en el Uzbekistán independiente, guerrero feroz y gran hacedor de Samarcanda, tiene en la ciudad su mausoleo, en el que está enterrado junto a su nieto favorito, el gobernante más científico que guerrero y, por ende, nada religioso, Ulugbek. Al lado de este mausoleo, me tropiezo con Ruy González de Clavijo, ya que la calle lleva su nombre.

Enrique III, rey de Castilla y León, comisionó, entre otros, al señor González de Clavijo para visitar al poderoso nómada Tamerlán, con el objetivo de establecer relaciones y ampliar su conocimiento del mundo.

¿Por qué nos acordamos de don Ruy y no de otros embajadores? Porque este contó prolijamente su viaje en la Embajada a Tamorlán. Como contó Marco Polo y no contaron otros viajeros.

“En esta ciudad de Samarcante se tratan de cada año muchas mercadurías de muchas maneras que allí vienen del Catay y de la India de Tartaria, y de otras muchas partes, y de su tierra, que es abastada…”.

mercado en taskent

Mercado en Taskent

También está Taskent, dos horas desde Samarcanda en el tren español Talgo, la capital del país, ciudad en gran parte soviética de amplias avenidas y mastodónticos edificios públicos, tras la reconstrucción después del terremoto de 1966, cuando la solidaridad de la Unión de Repúblicas funcionó. Pero está la URSS, a pesar de ser borrada en gran medida, la estatua de Lenin ha sido sustituida por la de Tamerlán, y está el islam y está el mercado. Y está la presencia policial en todas las bocas del metro.

Taskent es la ciudad mayor de Asia Central y desempeñó y desempeña un papel económico fundamental en la región.

Y desde Taskent, al valle de Fergana en coche, por un puerto cuya altitud y la nieve en la cumbre alivian el calor. Al otro lado de las montañas, Tayikistán, otra vez tan cerca de una frontera, otra vez con necesidad de ir más allá.

El valle de Fergana es la región más poblada del país, por ser la más fértil y tener gas y petróleo. Es también la más religiosamente integrista, con revueltas de vez en vez.

Acceder al valle se hace bajo la estricta vigilancia de militares y policías y con el pasaporte siempre a mano. Dicen que por el integrismo. Pero también, aunque no es la principal vía, por el corredor de la droga. El opio afgano sale del país por Tayikistán y, recorriendo Kirguistán y Kazajistán, llega hasta Rusia. Uzbekistán tiene pocos kilómetros de frontera con Afganistán, por lo que el control es relativamente sencillo. Aun así, tampoco se libra del tráfico.

Kokand, antiguo janato, Marguilan, capital de la seda uzbeka, se visitan en el valle, donde se recomienda a las mujeres modestia en el vestir.

Fergana, casi en Kirguistán, otra vez casi del lado de allá, es una ciudad sin interés monumental, fundada por los rusos y muy corregida y aumentada por los soviéticos. La sensación en ella es extraña. Es el lugar de alojamiento para visitar la región. Atravesar grandes avenidas soviéticas, muchas en obras, casi de noche, sin luz en las calles, como en el resto del país, y con apenas tránsito, bordeando bloques de casas rusas del siglo XIX, restauradas y decadentes de color rosa, provoca una extraña sensación de placidez, hasta que, ya de noche y con la compañía de un perro solitario que cruza la calle, se hace necesario buscar el calor del lugar de reunión de las familias a esa última hora del día, aquí, alrededor de una fuente.

On ne va jamais au bout des voyages, on s’arrête toujours avant…

(Para la escritura de este texto, amén del viaje, han sido imprescindibles las lecturas, además de las de algunas guías y folletos sobre el país, de L’alcool et la nostalgie, de Mathias Énard, de aquí vienen las citas en francés; de La sombra de la Ruta de la Seda, de Colin Thubron, de aquí viene la cita que encabeza el relato; de La Ruta de la Seda, de Thomas O. Höllmann; de Embajada a Tamorlán, de Ruy González de Clavijo; del número 10, de marzo y abril de 2001, de la revista Altaïr; de “La misma Asia”, de Antonio Rico, en su blog 625 Ranas).

pour partager ces instants extraordinaires sur le chemin, pour brûler dans le monde, nous n’avions plus de révolution, il nous restait l’illusion du voyage, de l’écriture et de la drogue.

Desde Homero.

Seamos quienes seamos, lo único que queremos es abrigarnos del frío en invierno, junto a las personas que amamos; junto a las personas que amamos, lo único que queremos es estar al aire libre en verano.

Il te reste des trains à prendre, des mains à tenir. Ne pars pas sans moi, je t’en prie.

Al fin, seamos de donde seamos, estemos donde estemos, lo único que queremos es comer, beber y amar.

El Cuaderno – Número 60 – Septiembre de 2014.