Llevo viviendo en el Oviedo Antiguo, más o menos, la mitad de mi vida. Cuando empecé a fantasear con la idea de la independencia, de tener mi propia casa, siempre supe que sería en el Antiguo. Soy de Oviedo y nunca salí de aquí, no he vivido en ningún otro lugar. Nací aquí, aquí estudié y aquí comencé a trabajar. Aquí crie a mi hija. Y aquí sigo. Y quise venir a vivir a este barrio, no a ningún otro lugar. Barrio que ya conocía, pues Oviedo es una ciudad pequeña y es fácil llegar aquí; porque aquí estaba la biblioteca infantil, en la calle de San Vicente; porque aquí pasamos, jóvenes, las noches de copas; porque también estudié aquí, otra vez en la calle de San Vicente, en la entonces Facultad de Filología, al amparo del padre Feijoo.

Llevo viviendo en el Oviedo Antiguo la mitad de mi vida. Primero, en la calle del Paraíso; después, y aun hoy, en la calle del Postigo Alto, en una casa en la que he construido un hogar del que espero no irme nunca. Siempre extramuros, pero siempre pegada a la muralla, con la compañía de las sacaveras, que salen a observar el mundo cuando llueve.

(Publicado en Nortes. Puedes leer aquí el texto completo).