“¿Pero aún no conocías a Ángel Parada? Es un guitarrista excelente, que lleva muchos años”.

No, aún no conocía a Ángel Parada. Aún no he leído ningún cuento de Chejov. Las cosas llegan cuando llegan.

(Recuerdo que, cuando era joven y alguien me recriminaba no conocer algo, yo replicaba que me sabía entera la filmografía de Visconti, que acababa de ver, fascinada, en un ciclo de cine en mi ciudad, cuando quien me hacía ver mis lagunas no conocía al director; yo con eso trataba de demostrar que se conocen cosas y se desconocen muchas más, qué tonto e ingenuo me suena ahora todo).

Era verano, hacía calor, era domingo, el Café Paraíso cerraba en su ubicación de la calle Paraíso, había elecciones y yo estaba muy desasosegada. Por todo ello, decidí ir al Café, porque Jesús Colino siempre consigue que esté bien en su casa y porque había un concierto y Juanjo Zamorano tocaba sus canciones.

Me senté en primera fila, “la rubia de la primera fila”, Zamorano me firmó su disco después así, y, como quiero ser rubia por Marianne Faithfull, que hoy cumple años, me puse muy contenta con esa dedicatoria.

Me senté y empecé a escuchar, esa construcción venida de la santa madre América. Qué bueno el guitarrista, qué bien toca. Seguí escuchando. Para darme cuenta, sin pretenderlo, de que había algo más. Había talento, técnica, experiencia y virtuosismo. Pero había más. Algo más sutil. Algo que reúne lo anterior y lo trasciende. Había clase, mucha clase, y alma, el alma de la guitarra. Clase y alma.

Así conocí a Ángel Parada, aunque aquel día no hablamos. Luego, tiempo después, ya sí hablamos.

La noche de Reyes, escucho a Chet Baker, desde hace unos años, cada noche de Reyes. Como galletas maría, bebo leche templada, escucho a Chet Baker, al que conozco, y qué difícil es esto a veces.

Esta noche de Reyes, la leche, las galletas, Chet tendrán que esperar. Chet, cariño, esta noche te toca esperar. Porque yo vuelvo a casa, de la mano de Ángel Parada, del brazo de Jesús Colino, porque Ángel toca, guitarra acústica y voz, en el Café Paraíso, otra vez, y nos seguirá mostrando las canciones que otros han levantado y cerraremos los ojos o los tendremos abiertos para escuchar a Ángel ser el intermediario de Tom Petty o del ciego Gary Davis o de Norah Jones o para llevarnos de paseo por la bahía de San Francisco… Con ese algo que se eleva, abrazándolos, por encima del talento, de la técnica, de la experiencia y del virtuosismo: la clase con alma.

Así que, si conocen a Ángel Parada, allí nos vemos, y si, aún no lo conocen, allí nos vemos, también. En el Café Paraíso, con leche templada o con whisky, la noche en que, por fin, haré esperar a Chet Baker.