Conozco a Chet Baker. Lo veo con frecuencia en mi barrio. Come en mi barrio, en un comedor atendido por monjas a 50 céntimos el menú. En un comedor lleno de rastros de heroína, heroína en forma de surcos en la cara y en forma de miradas alejadas.

Chet Baker es el hombre que veo casi a diario, porque tiene el pelo largo y peinado hacia atrás, la cara llena de heroína y la mirada alejada, el paso sincopado. Un día lo descubrí, esperando para cenar, 50 céntimos el menú, y empezó a sonar “Every Time We Say Goodbye”, primero la voz apacible en medio de la devastación y luego la trompeta y la trompeta se elevó y así fue cómo conocí a Chet Baker.

Publicado en Drugstore. Puedes leer aquí el texto completo.