Leonard Cohen se murió el 7 de noviembre, hace ahora un año, pero no lo supimos hasta tres días después, cuando su familia lo anunció. Pero, antes, el gran maestro de la palabra, de la palabra del amor y de la despedida, de las ventanas, los gitanos y las frías y afiladas cuchillas, el gran maestro del sexo salpimentado por la religión o de la religión salpimentada por el sexo, en una arcilla de canciones soberbias, repletas del relato que necesitamos para andar por la vida, por la vida secreta, por la vida de los bordes, por la vida del desconcierto, del desasosiego, por la vida de la enorme fragilidad que encierra el milagro del enamoramiento, antes, unas pocas semanas antes de su muerte, Leonard Cohen se preparó y nos preparó, como el ordenado, pulcro, considerado hombre que era, se preparó y nos preparó para su muerte, en forma de disco, You Want it Darker, en forma de canción, en que confesaba: “I’m ready, my Lord”.

Como el niño pulcro, con traje, educado, que asistía a la escuela judía del lugar donde nació, la ciudad de Montreal, en Canadá, del lugar donde vivió con su familia, Westmount, una isla dentro de la francófona y católica Montreal, barrio burgués y residencial en la colina, de habla inglesa y protestante, en el que se insertaba, a su vez, la colonia de familias judías acomodadas.

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