Hace una semana, desde este mismo lugar, hablaba acerca de la marcha estatal contra las violencias machistas, convocada para el sábado pasado, en Madrid, por el movimiento feminista.

La marcha, multitudinaria, se celebró. Se reivindicó, se gritó, se exigió, se celebró la convocatoria conjunta, nunca sencilla porque hay distintos modos de pensar el feminismo o porque hay distintos feminismos y, además, recorre organizaciones diferentes en sus contenidos, objetivos e intereses y, a veces, no resulta fácil someterse al interés común, superior y compartido y dejar atrás la manifestación explícita de la propia organización.

Y todavía con la adrenalina posmovilización, como si los hombres que depredan quisieran dar la sangrienta réplica, cayeron los asesinatos, implacables, devastadores, irremisibles, el domingo. Y el lunes, para cerrar, hasta ahora, la masacre, de una vecina, en Oviedo. El terrorismo machista en su más destructora expresión se dio un buen festín y bebió la sangre fresca y caliente de cuatro mujeres y de un varón.

El origen y las causas de la violencia de género se conocen, hay abundantes estudios al respecto. Tenemos normas de todo rango para prevenirla, para detectarla, para tratarla, para combatirla, para castigarla, vivimos en el entorno político en el que mayores dosis de igualdad entre varones y mujeres hay de todo nuestro mundo, que fuera del abrigo de Occidente la cosa está de pavor, nosotras cada vez estamos en más lugares y cada vez con más poder, aunque queda mucho, pero no estamos en la misma situación que las generaciones anteriores, y nos siguen matando a las mujeres. No se han vencido los comportamientos atávicos de tomar a la compañera como una posesión, como alguien sin libertad para decidir o sin capacidad para hacerlo. Como alguien menor de edad, como un ser inferior.

Y, sí, ha habido retrocesos políticos y merma de recursos y compromiso pacato. No hay una acción política decidida de Estado, no se da prioridad a la coeducación en las tantas veces reformadas leyes educativas, los modelos mediáticos de la adolescencia no son muchas veces modelos de igualdad… Y no se aplican las leyes en toda su extensión y con toda su contundencia.

Sin embargo, y además de que debería hacerse todo esto y de que hay que exigirlo, hace falta, además, que las organizaciones de mujeres y los grupos de ayuda autoorganizados continúen sin descanso al lado de esas mujeres que sufren, al lado de esas mujeres que nos dan tres versiones distintas de sus heridas y que muestran en su cara agotada el maltrato y la vejación, para acompañarlas y para tirar de ellas en el momento preciso, para ayudarlas a salir del infierno, para entender que los infiernos son muchos y necesitan tratamientos particulares, sabiendo que los caminos para escapar de ahí a veces están repletos de curvas y vericuetos. Estar ahí para atisbar, incluso para abrir, la grieta por la que entra el rayo de luz tenue.

Asturias24 – 11 de noviembre de 2015.